Dossier Abanicos

  • Restauración de 25 abanicos
  • Año de ejecución: 2005
  • Plazo de ejecución: 7 meses
  • Organismo contratante: Ministerio de Cultura
  • Propietario: Museo del Romanticismo de Madrid

En el marco de las actuaciones contempladas en el 2005 para la rehabilitación del Museo romántico actual Museo del romanticismo de Madrid, se encontraba prevista  la restauración de diversos lotes de obras de arte para su exposición como obra permanente. 

Uno de estos lotes estaba compuesto por 25 abanicos,  una interesante colección comprendida entre el siglo XIX y XX. Alberga modelos muy dispares: de gran variedad de tamaños, materiales y formas. De modo esencial, podemos encontrar en la colección abanicos con  el país  realizado en papel, vitela, gasa, seda, blonda o tul, encontrando varios de plumas. El varillaje principalmente es de hueso, marfil, nácar, madera o carey. Las formas y tamaños afectan tanto al país: abanicos de “brisé” o baraja, chinoiseries, abanicos de muñeca, pericones, o de pantalla,  como  los que afectan a padrones y varillaje, encontrando de pointillé, piqué o de piedras engarzadas.  Respecto a su decoración, los hay pintados, bordados, impresos, y con aplicaciones. Algunos están decorados en ambas partes del país (lo cual  complica su intervención); otros, solo están decorados en el anverso. Con todo, no resulta imposible identificar cuatro grandes estilos.

El primero, heredado del siglo anterior, es el conocidamente denominado estilo imperio. Se trata de una adaptación del neoclásico dieciochesco, enriquecido e inspirado por la propaganda y difusión de las culturas griegas y romanas recién sacadas a la luz, especialmente las pompeyanas por un lado y el descubrimiento del arte egipcio por otro. La sobriedad y equilibrio de estos abanicos, se observa en su pequeño tamaño, en un varillaje recto y estrecho; en países de gasa, seda y lentejuelas, de un vuelo pequeño que se ve compensado con avanzado desarrollo hacia el clavillo (lo que provoca una fuente más pequeña), y en la sustitución de las grandes y complejas escenas dieciochescas por motivos más austeros, alegorías, fábulas sobre fondos planos. Dentro de este primer grupo se pueden destacar los abanicos denominados cristinos, nombre debido a Cristina de Borbón, segunda esposa de Fernando VII, de reducido tamaño y decoración un poco más recargada que los imperio.

El segundo tipo de abanicos es el del estilo romántico, donde aparece una nueva percepción de lo lejano, con una fidelidad histórica y sin idealización. Para ello, se recupera el gusto por el estilo gótico, el abuso de la ojiva, y el gablete en las filigranas decorativas. Escenas más amplias y abigarradas y ordenadas con un gusto marcadamente escenográfico van a precisar abanicos ligeramente más grandes y de mayor vuelo con una mayor presencia de orlas doradas de contenido vegetal y floral.

A mediados del siglo XIX entramos en el periodo de mecanización del abanico. Se abaratan los costes y se divulgan los modelos, logrando gran uniformidad. La mayoría de los varillajes son de hueso y están calados a máquina con sencillas decoraciones. Esta economía decorativa se ve a veces compensada con la aparición de tipos diferentes de abanicos como la cocarda, los pai-pai o los abanicos brisé o baraja. Además, están los de manifestación más popular con países de papel impreso y varillajes de madera o hueso que toman su referencia decorativa de algún evento histórico concreto, son los llamados abanicos conmemorativos. Algunas veces, como propaganda de los agitados cambios que vive el país, y otras, simplemente, como testimonio histórico. 

Pasamos al segundo tercio del siglo XIX, en cuya fecha se va complicando el abanico en su decoración, tanto en el varillaje como en la hoja, y aumenta paulatinamente el tamaño, llegando al tercer estilo de abanico, llamado Isabelino, cuyo nombre lo recibe de la reina Isabel II. Es un abanico original en cuanto al amplio desarrollo de la fuente o varillaje y al sistema empleado en la decoración del país, que suele ser de papel litografiado y coloreado a mano, con los extremos muy adornados con roleos, rocallas, volutas doradas y gofradas, en un horror vacui característico.

El cuarto estilo aparece a finales del siglo con un afán por lo exótico, destacando los abanicos orientales, tan frecuentes en las colecciones y fiel reflejo de las importaciones masivas que llegaban de China y Japón. Hay que destacar los abanicos de Cantón o de las Mil caras.

Dentro de esta gran gama de abanicos, también podemos encontrar algunos de principios del siglo XX, bien representados con ejemplares modernistas y alfonsinos. 

Ya a primera vista todos los abanicos presentaban un estado bastante precario de conservación, la mayoría de ellos habían sido reparados una o más veces con mejor o peor fortuna: desde reparaciones antiguas hechas con los mismos materiales y técnicas, hasta arreglos caseros con cinta autoadhesiva de cel-lo, esparadrapo o pequeños cosidos. La suciedad generalizada y desgaste de materiales era un claro testimonio de que la mayoría de ellos habían sido muy usados antes de pasar a formar parte de los fondos del museo. 

En los abanicos con el país en papel destacaban rotos de pequeño y gran tamaño, foxing, deformaciones, arrugas y desgarros, en los de vitela manchas, perforaciones y lagunas, en los de tejido lagunas, desgarros y descosidos.

Algunos abanicos habían perdido parte de sus aplicaciones decorativas, lentejuelas, canutillos, bordes dorados; algunos de los que estaban decorados pictóricamente tenían la pintura disgregada con zonas parciales de pérdidas y descamaciones. 

Otros abanicos presentaban fuertes signos de deterioro estructural habiendo perdido varillas que habían creado deformaciones en  el país, o presentando guardas rotas, falta de clavillo o virola. 

Lógicamente no se puede aplicar el mismo tipo de intervención a todas las piezas. El hecho de ser el abanico un objeto articulado y la diversidad de materiales que puede componerlo, hace de cada ejemplar un elemento único. Por un lado podemos encontrar unidos en el mismo abanico material tan dispar como hueso, madera, carey y metal en el varillaje, y piel, papel, seda, tul, plumas o paja en el país. Obviamente cada uno de estos materiales reacciona de diferente manera y grado a los agentes y parámetros externos, para alguno de los  materiales puede ser un agente inocuo pero para otro altamente agresivo.

 

El criterio general dominante de esta intervención fue la conservación sobre la restauración, con un respeto máximo a los abanicos, reduciendo las intervenciones a las estrictamente necesarias. Una de las decisiones primeras y más importantes era establecer qué abanico se desmontaba y cual no, para ello no solo se ha tenido que sopesar  el estado del abanico, sino de las intervenciones sufridas. Así que solo se desmontaron tres abanicos, uno  en el que hubo que insertar espigas en el varillaje y cuyo pais era de doble cara, otro abanico en el que una anterior intervención había reducido el tamaño del país restándole dos pliegues), había otros casos en los que la apertura del clavillo era indispensables para la reparación de varillaje, o en otros en el que faltaba, el clavillo y la virola encontrándose suelto y desplegadas las varillas. El resto del tratamiento ha sido una limpieza del material con geles o ceras, eliminación de manchas por medio de papetas y disolventes, fijación de elementos susceptibles de desprenderse por costura o con adhesivo.

La reintegración de soportes (papel, tejido, vitela) se realizó para abanicos de papel con injertos de papel japonés y tissú, para abanicos de vitela con badana fina, flor de pergamino o membrana Gold Skin, para abanicos de tejidos con raso, crepelina o tul de seda  e hilo organsin, por último reconstrucciones o pegado  de varillas faltantes o rotas. 

En algunos casos en los que las varillas estaban rotas pero se conservaban los fragmentos se unieron aplicando una pequeña tira de tisú de fibra de vidrio y cianocrilato, en otros casos algunos abanicos tenían rotas las varillas y faltaban por lo que hubo que sacar moldes y hacer reproducciones con resina  epoxi coloreada con pigmentos según el tipo de material, en el caso de abanicos de mica se utilizaron láminas que se recortaron para darles la forma necesaria. Las espigas de madera se tallaron en madera de balsa. La eliminación de arrugas y deformaciones se solventaron utilizando proyector de vapor frío por medio de humidificador de ultrasonidos.

Para la consolidación de la policromía, que se encontraba muy pulverulenta y se desprendía ligeramente, se empleó cola de esturión aplicada a pincel. La protección final del varillaje se realizó con aceite de almendras, ceras u otros.

El sistema de fijación por costura se realizó mediante punto de Bolonia, en algunos casos se utilizaron adhesivos como la poliamida textil, el Archibond®, klucel®, tylose o metilcelulosa.

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